jueves, 20 de agosto de 2009

PALABRA CAZADA AL VUELO / Alfredo Veiravé

Ave cruza - Cementerio en Yavi
Foto: Alexis Comamala




No he sido nunca un cazador de perdices porque la
muerte de
un animal pequeño me sacude como el viento del
campo a los pastos extraños,
pero soy cazador de la palabra en vuelo, lo cual
constituye una estética desdeñada por Valéry entre
otros.
¿De dónde viene esta cetrería sin halcones?
Debe ser, supongo, una fuerza que sale de la propia
voz callada
que comienza a hablar dentro de uno, en cualquier
momento;
el lujo de la bandada que cruza el cielo en una
tarde espectacular, cuando el papel en blanco nos mueve los dedos,
articulados en una mano que golpea las teclas.
Quizá la poesía no esté allí, sino en los entresueños
cuando
despiertos, miramos con los ojos cerrados
una ceniza que se llama tiempo, quizá la mentalidad
del oído que oye murmullos entre los muertos.
Por eso nada habrá cuando me haya caído en la
sombra
ya que todo es instantáneo, súbito,
y los poemas inéditos se han roto para siempre.


Como poeta repentista asumo estas obligaciones y
también esos defectos.
Quede para otra ocasión la posibilidad de que la vejez
dicte en otras personas el murmullo de una flor de
coral
que asoma debajo de las aguas.


Alfredo Veiravé

miércoles, 12 de agosto de 2009

Balada del ausente / Juan Carlos Onetti



Entonces no me des un motivo por favor
No le des conciencia a la nostalgia,
La desesperación y el juego.
Pensarte y no verte
Sufrir en ti y no alzar mi grito
Rumiar a solas, gracias a ti, por mi culpa,
En lo único que puede ser
Enteramente pensado
Llamar sin voz porque Dios dispuso
Que si Él tiene compromisos
Si Dios mismo le impide contestar
Con dos dedos el saludo
Cotidiano, nocturno, inevitable
Es necesario aceptar la soledad,
Confortarse hermanado
Con el olor a perro, en esos días húmedos del sur,
En cualquier regreso
En cualquier hora cambiable del crepúsculo
Tu silencio
Y el paso indiferente de Dios que no ve ni saluda
Que no responde al sombrero enlutado
Golpeando las rodillas
Que teme a Dios y se preocupa
Por lo que opine, condene, rezongue, imponga.
No me des conciencia, grito, necesidad ni orden.
Estoy desnudo y lejos, lo que me dejaron
Giro hacia el mundo y su secreto de musgo,
Hacia la claridad dolorosa del mundo,
Desnudo, sólo, desarmado
bamboleo mi cuerpo enmagrecido
Tropiezo y avanzo
Me acerco tal vez a una frontera
A un odio inútil, a su creciente miseria
Y tampoco es consuelo
Esa dulce ilusión de paz y de combate
Porque la lejanía
No es ya, se disuelve en la espera
Graciosa, incomprensible, de ayudarme
A vivir y esperar.
Ningún otro país y para siempre.
Mi pie izquierdo en la barra de bronce
Fundido con ella.
El mozo que comprende, ayuda a esperar, cree lo que ignora.
Se aceptan todas las apuestas:
Eternidad, infierno, aventura, estupidez
Pero soy mayor
Ya ni siquiera creo,
En romper espejos
En la noche
Y lamerme la sangre de los dedos
Como si la hubiera traído desde allí
Como si la salobre mentira se espesara
Como si la sangre, pequeño dolor filoso,
Me aproximara a lo que resta vivo, blando y ágil.
Muerto por la distancia y el tiempo
Y yo la, lo pierdo, doy mi vida,
A cambio de vejeces y ambiciones ajenas
Cada día más antiguas, suciamente deseosas y extrañas.
Volver y no lo haré, dejar y no puedo.
Apoyar el zapato en el barrote de bronce
Y esperar sin prisa su vejez, su ajenidad, su diminuto no ser.
La paz y después, dichosamente, en seguida, nada.
Ahí estaré. El tiempo no tocará mi pelo, no inventará arrugas, no me inflará las mejillas
Ahí estaré esperando una cita imposible, un encuentro que no se cumplirá.

Juan Carlos Onetti

* [Entre las curiosidades agrupadas en el volumen "Miradas sobre Onetti", (compilado por el periodista Omar Prego y editado por el sello Alfaguara en Uruguay, en 1995), llama la atención este poema, rara avis de la obra de Onetti, en el que no es difícil detectar la influencia del tango. Al parecer, Onetti sólo escribió tres poemas durante toda su vida, aunque hay quien opina que sus verdaderos poemas son, en realidad, sus novelas.]

Fuente:
www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/onetti/fantasmas.htm

martes, 28 de julio de 2009

Dardo / Alexis Comamala



Mercado Norte - Córdoba
Foto: HUGO SUAREZ



Nació portando este nombre, que va directo al centro del cráneo: Dardo Calabressi. Escribo estas palabras que se acercan a lo que le paso a este Dardo. Me produce cierta risa escuchar su nombre en mi boca. Un juego entre dientes, silabearlo, algo grave en su nombre y geográfico en su apellido. Pero escribo sobre este metalmecánico que trabajó durante años en el taller Ancal, al frente de mi casa paterna. Mi patria.
Construían amortiguadores para autos y camiones los trabajadores. De 7 a 17 horas su horario extendido. Dardo con sus compañeros, que eran alrededor de diez o doce, se sentaban al mediodía sobre la vereda o sobre el umbral de mi casa. Con el sol contenido por el paraíso, algunos usaban de catre el fresco umbral del portón verde celeste. Comían su vianda. Sándwich de miga, sándwich de salchichón primavera, otros de pollo o milanesa. Mandarinas, naranjas y bananas. Las pepas de los cítricos -como me gustaba decir a mi cuando chico, corregido por mi abuela, se dice semillas- sembraban la vereda de diminutos blancos. Mi abuela insultaba por lo bajo, el desastre. Salía con la escoba acto seguido cuando se iban los trabajadores de grafa azul.
Mi padre convidaba a Dardo los días viernes con un vaso de vino Toro de botella verde, como excusa para aplacar la sed del yugo. Luego de tomarse tres cuartos del brebaje acariciando al Pinky, nos deleitaba con historias de su pueblo. Estaba solo don Dardo en la vida. Èl se reconocía solo, sin raíces. Sus padres ya hacía tiempo no estaban. Sus hermanos uno rumbo a México para llegar a Estados Unidos y él otro el más grande dedicado a la política en el partido radical. Él era el del medio. Tenía por esos años cuarenta y pico, creo que cuarenta y seis, si el cálculo no me falla. Su esposa había muerto ya hacía ocho años. Hay cosas de las cuales no sé. Tenía once años yo cuando lo vi por última vez con sus posibles cuarenta y seis años.
Calabressi había llegado al país a los siete años, conservando aun cierto acento de su Módena natal. No era de la región de Calabria como esperaban. Era bonachón. Hablaba grave y con timbre alto. Escribía en su memoria distintos relatos, según decía él. A mi padre le decía que cuando terminara de trabajar, cuando se jubilara, escribiría. Cuando dejara los hierros y resortes, las tuercas y los tornos, los bulones y las fresadoras, las prensas y las plegadoras, contaría por escrito. Esta tarea lo hacia inútil explicaba él. Escribir –esto lo entendí mas tarde- es ensuciar el papel y lavar lo no dicho. Dardo buscaba el sustento.
En los recreos laborales leía la Nippur, la Mágnum, el Corto Maltés y otras que no recuerdo. Se olvidaba de sus compañeros de grafa azul, del galpón con máquinas infernales, de la vereda roja de mi casa, se olvidaba del mundo, se olvidaba de él.
Esta vereda roja, para sillón de Dardo, la construyó mi abuelo albañil y, toda la casa también --dentro de poco esta casa no será mía o lo será para siempre--. La vereda roja contenía en sus bordes una guarda blanca, pienso, no sé, que fue un guiño hacia los radicales, ya que era el año 1984. Volvía cierta ilusión, caían otras. Mi abuelo anarquista, y en su reverso comunista declarado por las vecinas. ¿Por que una vereda radical? Lo engañaron y a mí también. Yo colaboré alcanzándole las baldosas con mis cuatro años recién cumplidos. Al terminar la vereda empezó el malestar en el corazón de Salvador, mi abuelo. Don Dardo nos vino a dar su pésame. Lo vi. Recuerdo ciertos gestos, es decir cuando alguien siente la tristeza recorriéndole el cuerpo.
Don Dardo leía, cuando el Pinky entraba en escena o la sirena del recreo anunciaba volver al cotidiano devenir. Me llamaba Amarillo por cierto color de mi pelo.
Una vez de la mano de mi padre entré a la catedral metalúrgica, un amplio corredor de cuarenta metros y luego la gran cúpula de bóveda de cinc y columnas de hierro, el olor de Dios que trabaja con las manos, el olor de las temperaturas de las cosas.
Yo empecé a leer copiando a Dardo con sus historietas para adultos y a mi padre por la lectura del diario La Voz. Al volver del Urquiza un día le pedí a mi madre que me comprara en la feria franca una revista. Ella me hizo elegir. Mortadelo y Filemon elegí, luego vendrían Zipi y Zape, Condorito, Larguirucho, Las aventuras de Patoruzu, Las aventuras de Isidoro, alguna que otra Walt Disney, y dos o tres difusos en mi memoria ejemplares de Asterix. Conocí a estos últimos guerreros gracias a la feria, pero eran más caras, sumado a que traían los mismos números siempre.
Recuerdo más a Mortadelo y Filemón personajes de Bruguera, en las cuales con un aerosol Filemón es convertido en planta carnívora espantosa por su fiel escudero. También conocí por esa época a otros más por álbumes de figuritas más que por globitos, a Superman, Batman, Aquaman, Flash, Capitán América, Mujer maravilla, El Hombre Elástico, y otros superhéroes. Ahora rememoro cosas olvidadas y apelo a la memoria codiciada de dos amigos que luchan codo a codo acordándose de villanos y héroes, de armas y superpoderes, de lugares y pestes nunca vistas. No retenidas por esta corta memoria, hoy entre tinieblas.


Una tarde donde el sol decae y el frío se aloja como lombriz en la boca de tu estómago, así como yelmo de hielo que se irradia por tu cuerpo, me llega un fanzine a mis ojos con letras góticas. Son ocho pliegos sobre un héroe moderno, un trabajador taciturno que se emplea en una fábrica. No se cuál es la serie pero la historieta retoma ciertos hechos que sucedieron antes. El controla unas máquinas en una especie de fábrica de instrumental que se dedica --lo intuyo por los dibujos-- a la confección de aparatología quirúrgica u odontológica. Se ven grandes y pequeñas puntas en los brazos de las máquinas que diseñan sobre metales y mármol. También se puede ver en otro cuadrito cuando se escribe sobre uno de los bordes la marca de la aparatología: Ankel, con la K remarcada en mayúsculas.
La fábrica ubicada en el Estado de Wisconsin, en la ciudad de Milwake, cerca de las orillas de Lago Michigan. En un barrio de pescadores y fábricas que echan fluidos a sus canales, se observan mujeres y hombres con niños caminando por construcciones parecidas a las de Piranessi.
La acción del héroe se desata cuando un comando de patotas violan y degüellan una mujer, la esposa del estibador del puerto, el mejor amigo de la niñez del héroe. Se desata la ira. Es un héroe urbano sin capas ni espada por decirlo así. Una tarde se interna en una taberna y averigua entre los fieles las posibilidades del asesino. La trama es lineal, simple, directa. Todo se encadena. Paso seguido una emboscada en un callejón, se ve al héroe luchando contra dos hombres uno más alto, el otro, menos que él. Se los lleva a los villanos a las rastras hasta la puerta de la fábrica, entre los roces uno de ellos lo muerde en la muñeca. No era Hulk, pero su voluntad era enorme, una y otra iban en esa sintonía. Su tamaño no aumentaba pero sí su ira.
Debo resumir la historia porque no tengo datos para rearmar la saga entera. ¿Donde estará su continuación? Volví donde retiré esta historieta pero no hay datos, recorrí otras librerías de saldo por Av. Olmos y nada. Continúo. Los hombres a punto de ser ingresados a la fábrica Ankel. Se encienden las luces de la máquina principal, el más alto es puesto sobre una especie de prensa sujetado por unas cuerdas. El otro es atado a una silla, es rehabilitado a su conciencia. Este abre los ojos y ve al héroe. Las palabras hacia él son claras y las rememoro: RECORDARÁS. Le instala en sus ojos una especie de abre-pestañas como en La Naranja Mecánica. En fin para que vea a su compañero bajo la luz a punto de ser torturado. Joe, el héroe, cambia la cuchilla por un cincel diamantado, más pequeño y apropiado para la ocasión. La trama hasta aquí kafkiana, como recordarán. Dart Diamond, el héroe urbano escribe sobre la espalda del hombre una palabra. La palabra es vista con horror por su compañero de travesuras. Los gritos del torturado, que sangra, hacen ver más borrosa la letra al pasar los cuadritos. Continuará, dice la viñeta. Dardo de diamante era más o menos la traducción.
Y yo cayendo y recordando al hombre de grafa azul que trabajaba y que los días viernes se tomaba un vino con mi padre al mediodía. Ese taller frente a mi casa paterna, esas máquinas y los trabajadores hacen eco en mí.
Busqué en ese entonces --ahora recuerdo-- los datos de edición de Dart Diamond. Transcribo: editado en mayo de 1997 en Villa María. Ahora corría el año 2005. Transcribo: los dibujos eran de Sebastián Nicolás Jopons (seguramente un seudónimo) y el guión e idea de Walter Giacomelli.
Recordé a Piranessi.
Esta historia no era de esos ochos pliegos, me repetí. No lo eran. Pertenecían a mi infancia, cuando leía a Mortadelo. Sentí odio por la mímesis que había entre esas páginas y mi historia personal. Sentí ira. Tengo sólo restos de la historieta, a las otras partes las rompí en pedacitos. Puse algunas en el cajón de la mesa de luz, en un sobre marrón hasta el momento en que ahora escribo.


Un llamado de mi padre esta mañana me despertó antes de ir a trabajar. Me habló de varias cosas, que esta tarde iría a pagar el teléfono, por ejemplo. Cosas nimias. Que había que limpiar la casa cuanto antes para venderla. Cosas nimias para esta hora.

-Qué pasa viejo --le pregunté.
-Anoche estuve en un velorio- me dijo con voz afligida.
-¿Decíme que paso, quién murió? ¿Un conocido? --contesté.

Noté que la voz de mi padre se entrecortaba y ya no pertenecía a la tecnología, sino a su cuerpo que declinaba.

-Don Dardo hijo, Don Dardo la puta que los parió. Me cago en dios y la santa maría putisima.
Nunca supe que lo estimaba tanto.
-Sí --tardé en contestarle-- me acuerdo de los mediodías en la vereda. Don dardo que macana.

Me salió la palabra macana, como si el pizarrón del colegio hubiera sido borrado sin querer por la maestra y yo no hubiera alcanzado a copiar la oración. Qué macana me repetí. Y sentí bronca. Bronca de mí. Cosas nimias.

-¿Te sentís bien?- continué.
-Sí… que se yo, ya esta… murió asfixiado --dijo él.
-¿Estas bien viejo?--repregunté.
-Lo encontraron envuelto con cinta adhesiva alrededor de toda su cabeza; subiendo desde su boca hacia su nariz pasando también por sus oídos --yo contenía mis palabras, no podía entender; sólo visualizar la escena--.
-Eran varias vueltas… Horrible hijo, horrible. Dejó un cuaderno escrito que decía algo así como “Ahora tranquilo puedo continuar con mi obra”
-¡Uh! Que horrible –dije-- ¿Lo mataron no?
-No, fue por mano propia…parece que ya no le iba también en el negocio de imprentero. Debe haber sido por eso. ¿Sabías que tenía imprenta…no? editaba libritos y volantes, que se yo, esas revistas barriales y otras publicaciones de mierda. También me había dicho que había empezado a escribir cosas, no sé guiones, boludeces…

Me quedé callado
-No, no; no sabía nada. Hace mucho que no sabía nada…hace tres años me acorde de él al leer una revista y me… --dejé un silencio y mi padre continuó--.
-Tenia una imprenta en Villa María, que la compró con la indemnización del taller…dijo mi padre.

Las piernas se me aflojaron, pensé que mi mundo se caía.




Alexis Comamala 

lala

jueves, 25 de junio de 2009

KF / Alexis Comamala

























KFEsta del otro lado del río.
Caronte avanza en su ley
Una cuerda, un muérdago y un gran polvo.

El maestlo lo busca incesantemente
esta parado detrás de sí,
lo acompaña como Virgilio a Dante.

David ha muerto.

KF vive en la pantalla,
primera temporada sin Po.


Alexis Comamala

sábado, 20 de junio de 2009

Olvido mojado / Alexis Comamala


ANOCHECER NEVANDO
Yavi- Jujuy
Foto: Alexis Comamala


Sobre el olvido mojado
corre un río.

Demasiado tiempo
espera el escorpión que todo vuelva a baldío.

Algo crece del otro lado,
un puente de miradas.

Alexis Comamala

Tiempos de mi madre / Alexis Comamala

MADRE DE BARRO

Humahuaca - Jujuy
Foto: Alexis Comamala


A ella, a quién más.


La madre no es algo que se piensa.

Alejandro Schmidt.



Durante los últimos tiempos, a mi madre
por las noches, le inyectaba morfina.


El cáncer en su páncreas,
cubría ya varios países de su cuerpo.
Era del tamaño de un continente de fuego,
desparramado por todo el territorio de vida.


Estaba mi tía Tere por momentos,
también Corina, la hermana que eligió mi madre
y, mi padre desviado a acompañarla día y noche.


Todos luchando
y, mi madre redoblando la apuesta al infinito.
Nosotros, a pesar de bajar los brazos,
creíamos entonces en algo,
la morfina dolía o aliviaba.

Eso no importa, es solo ciencia.

Mi madre murió antes de su dosis matinal.
Yo, en otra cama a metros de ella desperté,
su cuerpo en convulsión, agitado en espanto.
¿Que hacer, si no somos maquinas al servicio de la alegría?
Entonces seguir, llamar a Mónica, medica vecina.


¿Para que todo esto? Ya se iba.
¿Para rehabilitar la esperanza?
¿Justificar la muerte?
Entonces lloro.


Ya jamás habrá un fuentón caliente, que abarquen estos pies
y este corazón helado. Sentir el cuidado de si, a través del otro.

Mi uña encarnada una o dos veces por año
y, allí ese fuentón calentito, viniendo del centro del mundo.
Y mi pie izquierdo hinchado, con su pus fluyendo
cayendo en el fondo del lago.


Mas allá que dios no exista, para estas ocasiones ella sabia
los versículos del dolor.


Existió mi madre junto a una cama agonizando,
existió un fuentón lleno de agua caliente en el marco del mundo,
existió la sal gruesa que sirve para que no fallezcan los pies,
existió un fuentón rebajado con agua fría según las marcas térmicas, 
existieron un par de pies hundiéndose en la pócima.


Necesito ahora, la cabeza fría por la lluvia.
Debajo de mis pies el fuentón de mi madre.
Nada es posible ahora.




Alexis Comamala

jueves, 18 de junio de 2009

Gallinas / Rafael Barret














BARRET por Carlos Alonso

Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada.

La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llena para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.

Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas el intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.

¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre. Ahora soy un propietario...
Rafael Barret

miércoles, 10 de junio de 2009

Glifomato (Levemente toxico) / Alexis Comamala





Contenía mis brazos para no llevarte al desvío,
inyectaste palabras ardientes en mi rostro.

Nade con mi cara frente a un charco, en el cordón de la vereda,
toque tu cara con mi dedo meñique; en puro instinto
intente retenerte minutos más, huiste.

Amaneciste con toda la espalda al rojo vivo.

Caían lágrimas de tus ojos,
inflorescencias del mar de venganza de ríos oscuros,
terminamos sanándonos las heridas en un barrio sin nombre.

Instalaste tu cuerpo sobre el mío, me curaste de espanto.

Aparecimos desnudos, como dos perros sedientos.                                           

Wapplerita nos andaba cercando para destruirnos,
entonces te alce, corrimos como perdices por campo.
Comimos a la orilla de una ruta de alto trafico de sexo, era
kiosco de lascivia ajena en pequeñas casas de luz roja.

Entregamos nuestros cuerpos a esa inundación,
sentí tu mano en las grietas de mi cuerpo cansado,
sentiste mis manos -lo supe por un pequeño suspiro-.

Entramos a los yuyos y, cicatrizaron las heridas.

Reclamos del uno hacia el otro ya olvidados.
Coincidíamos en la soja sin valor y en los
intereses del señor rey de la plantita de oro.

Nadie tocaba esa quinta, ese diezmo ¿o alguien se anima a desaparecer?

Tambo nuevo es urgencia de pocos en esta zona.

Infiltramos nuestros cuerpos sin saber, en el pesticida,
atardecimos convertidos en rumiantes de asfalto.

Walquirias vestidas de hombres nos arrastraron con tractores,
entregándonos con recomendación para ratas de laboratorio.

Campo con patrones y rentistas olimos entonces,
kafkiana fue la imagen de los peones
esperando a su dios que baje de la nave 4x4.

Sacamos fuerzas para besarnos con nuestros hocicos
sacamos fuerzas para saber quiénes éramos.

Escuchamos unas risitas de comparsa de muerte,
rugieron “por algo será” y nos despeñaron en una zanja.

¿Cuéntame como recuperamos nuestras formas?
intentamos escapar y vos caíste de un escopetazo en la nuca.

No olvidare tu nuca, tu espalda y tu esternón.

Tropecé una tarde con uno de tus asesinos en televisión,
Inicie tu búsqueda, difame esas hojas de hierba maldita.
Atente contra él, no entendió nada. Desde aquí te escribo.


Alexis Comamala




martes, 9 de junio de 2009

Diluvio / Alexis Comamala

ÚLTIMO ÁRBOL

Iruya - Salta
Foto: Alexis Comamala

Diluvio


Necesito esta noche como anzuelo,
salgo a la intemperie a buscarme.

Estoy atado al último árbol en pie,
la noticia es el diluvio.

De cuajo el tronco divaga.

la nave es diminuta,
frágil,
tenue: mis huesos



Alexis Comamala

Historia del arte / Alberto Girri

Mordimos sobre cuanto existe hasta escarnecerlo, hasta la desvergüenza, una provocación a lo desconocido, un esfuerzo a menudo ...