sábado, 29 de diciembre de 2012

Retrato del filodendro / Alfredo Veiravé




Si Monet pintó varias veces una parva de heno
en el mismo día para demostrar que la luz cambia el color de las parvas,
por qué yo no voy a escribir otro poema al filodendro
[de mi casa
si siempre los amigos que llegan lo entrevistan
y le toman fotografías y él crece orgulloso contra la
pared igual que una vedette del cine mudo
porque el orgullo es objeto de la vanidad y eso se le nota
en los días de lluvia cuando desdeña las gotas pequeñas
y sólo deja caer sobre sus hojas art nouveau o de medusa
[verde,
las gotas grandes y las más sonoras, ah, hijo, le reprocho
con Hipócrates:
la vida es corta, el arte largo, la ocasión fugitiva,
la experiencia falaz, el juicio dificultoso...
y él me sonríe y me cuenta que otra planta que no me quiere
nombrar lo ama tiernamente en el jardín de las penumbras.

Además, agrega, la felicidad consiste en saber disfrutar

lo que no se tiene, y no sé por qué enredos vegetales manifiesta ahora un poco serio: "por eso yo no me mezclo en rencillas de palacio".


Alfredo Veiravé (Gualeguay, 1928- Resistencia, 1991)

En Historia natural. Obra Poetica. Tomo 2. Nuevohacer. Grupo Editor Latinoamericano. Buenos Aires, 2002.

Mi casa es una parte del universo / Alfredo Veiravé



Los que la vieron dicen que la tierra
es una esfera en el espacio, un planeta
más bien pequeño
del tamaño del dedo pulgar de los astronautas.
Yo no lo dudo porque he visto las fotografías
y porque ahora estoy a casi medio planeta de mi casa.
Lo mejor de todo esto es que en ese pulgar
también mi casa es una parte del universo.
Cómo no serlo si en el patio del fondo
hay un filodendro de gigantes hojas y también gusanos bajo
la tierra
aptos para la pesca, y ahora que me acuerdo
el olor de los helechos contra la pared
la cara de Delfina o Federico entre los árboles
y aquel canario que se nos voló de noche.





Alfredo Veiravé (Gualeguay, 1928- Resistencia, 1991)

En Puntos luminosos. Obra Poetica. Tomo 1. Nuevohacer. Grupo Editor Latinoamericano. Buenos Aires, 2002.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Monólogo de un padre con su hijo de meses / Enrique Lihn


Nada se pierde con vivir, ensaya:
aquí tienes un cuerpo a tu medida
Lo hemos hecho en sombra
por amor a las artes de la carne
pero también en serio, pensando en tu visita
como en un nuevo juego gozoso y doloroso;
por amor a la vida, por temor a la muerte
y a la vida, por amor a la muerte
para ti o para nadie.

Eres tu cuerpo, tómalo, haznos ver que te gusta
como a nosotros este doble regalo
que te hemos hecho y que nos hemos hecho.
Cierto, tan sólo un poco
del vergonzante barro original, la angustia
y el placer en un grito de impotencia.
Ni de lejos un pájaro que se abre en la belleza
del huevo, a plena luz, ligero y jubiloso,
sólo un hombre: la fiera
vieja de nacimiento, vencida por las moscas,
babeante y resoplante.

Pero vive y verás
el monstruo que eres con benevolencia
abrir un ojo y otro así de grandes,
encasquetarse el cielo,
mirarlo todo como por adentro,
preguntarle a las cosas por sus nombres
reír con lo que ríe, llorar con lo que llora,
tiranizar a gatos y conejos.

Nada se pierde con vivir, tenemos
todo el tiempo del tiempo por delante
para ser el vacío que somos en el fondo.
Y la niñez, escucha:
no hay loco más feliz que un niño cuerdo
ni acierta el sabio como un niño loco.
Todo lo que vivimos lo vivimos
ya a los diez años más intensamente;
los deseos entonces
se dormían los unos en los otros.
Venía el sueño a cada instante, el sueño
que restablece en todo el perfecto desorden
a rescatarte de tu cuerpo y tu alma;
allí en ese castillo movedizo
eras el rey, la reina, tus secuaces,
el bufón que se ríe de sí mismo,
los pájaros, las fieras melodiosos.
Para hacer el amor allí estaba tu madre
y el amor era el beso de otro mundo en la frente,
con que se reanima a los enfermos,
una lectura a media voz, la nostalgia
de nadie y nada que nos da la música.

Pero pasan los años por los años
y he aquí que eres ya un adolescente.
Bajas del monte como Zaratustra
a luchar por el hombre contra el hombre:
grave misión que nadie te encomienda;
en tu familia inspiras desconfianza,
hablas de Dios en un tono sarcástico,
llegas a casa al otro día, muerto.
Se dice que enamoras a una vieja,
te han visto dando saltos en el aire,
prolongas tus estudios con estudios
de los que se resiente tu cabeza.
No hay alegría que te alegre tanto
como caer de golpe en la tristeza
ni dolor que te duela tan a fondo
como el placer de vivir sin objeto.
Grave edad, hay algunos que se matan
porque no pueden soportar la muerte,
quienes se entregan a una causa injusta
en su sed sanguinaria de justicia.
Los que más bajo caen son los grandes,
a los pequeños les perdemos el rumbo.
En el amor se traicionan todos,
el amor es el padre de sus vicios.
Si una mujer se enternece contigo
le exigirás te siga hasta la tumba,
que abandone en el acto a sus parientes,
que instale en otra parte su negocio.

Pero llega el momento fatalmente
en que tu juventud te da la espalda
y por primera vez su rostro inolvidable en tanto huye de ti que la persigues
a salto de ojo, inmóvil, en una silla negra.
Ha llegado el momento de hacer algo
parece que te dice todo el mundo
y tu dices que sí, con la cabeza.
En plena decadencia metafísica
caminas ahora con una libretita de direcciones en la mano,
impecablemente vestido, con la modestia de un hombre joven que se abre paso en la vida,
dispuesto a todo.
El esquema que te hiciste de las cosas hace aire y se hunde en el cielo dejándolas a todas en su sitio.
De un tiempo a esta parte te mueves entre ellas como un pez en el agua.
Vives de lo que ganas, ganas lo que mereces, mereces lo que vives;
has entrado en vereda con tu cruz a la espalda.
Hay que felicitarte:
eres, por fin, un hombre entre los hombres.

Y así llegas a viejo
como quien vuelve a su país de origen
después de un viaje interminable
corto de revivir, largo de relatar
te espera en tí la muerte, tu esqueleto
con los brazos abiertos, pero tu la rechazas
por un instante, quieres
mirarte larga y sucesivamente
en el espejo que se pone opaco.
Apoyado en lejanos transeúntes
vas y vienes de negro, al trote, conversando
contigo mismo a gritos, como un pájaro.
No hay tiempo que perder, eres el último
de tu generación en apagar el sol
y convertirte en polvo.

No hay tiempo que perder en este mundo
embellecido por su fin tan próximo.
Se te ve en todas parte dando vueltas
en torno a cualquier cosa como en éxtasis.
De tus salidas a la calle vuelves
con los bolsillos llenos de tesoros absurdos:
guijarros, florecillas.
Hasta que un día ya no puedes luchar
a muerte con la muerte y te entregas a ella,
a un sueño sin salida, más blanco cada vez,
sonriendo, sollozando como un niño de pecho.

Nada se pierde con vivir, ensaya:
aquí tienes un cuerpo a tu medida,
lo hemos hecho en la sombra
por amor a las artes de la carne
pero también en serio, pensando en tu visita
para ti o para nadie.


Enrique Lihn (Santiago, 1929-1988)

En Porque escribí. FCE. Chile, 1995.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Epílogo / Enrique Lihn






Vivimos todos en la oscuridad, separados

por franqueables murallas llenas de puertas falsas;

moneda que se gira para los gastos menudos de la

amistad o el amor nuestras conversaciones

contra lo inagotable no alcanzan a tocarlo

cuando ya se precisa renovarlas, tomar

un camino distinto para llegar a lo mismo.

Es necesario acostumbrarse a saber

vivir al día, cada cual en lo suyo,

como en el mejor de los mundos posibles.

Nuestros sueños lo prueban: estamos divididos.

Podemos simpatizar los unos con los Otros,

y eso es más que bastante: eso es todo, y difícil,

acercar nuestra historia a la de otros

podándola del exceso que somos,

distraer la atención de lo imposible para atraerla

sobre las coincidencias,

y no insistir, no insistir demasiado:

ser un buen narrador que hace su oficio

entre el bufón y el pontificador.




Enrique Lihn (Santiago, 1929-1988)

En Porque escribí. FCE. Chile, 1995.

jueves, 26 de julio de 2012

La mano extendida, la mano levantada (Kioto) / Juan Noel Mazzadi






Templos de Kioto barnizados
por inmensos engaños
los biznietos de los nietos de los
poderosos
-aquellos que pagaron las piedras
iniciales
quemaron el primer incienso
pidieron a unos dioses
tan ingenuos como ellos
vida repetida, felicidad de amor
perpetua,
oro, triunfos en la guerra-


los descendientes de aquellos
muertos
que murieron de pronto y solos
como cualquiera
esos conservan y veneran y
pintan
de rojo las espléndidas columnas
del Heián
cuidan los capiteles, las tejas,
la armonía verde de los parques
y así bajo la lluvia los Templos
crecen
vívidas gemas
altares de la imposible Eternidad.


Sin embargo
cuando el ave Hoo del Paraíso
tiende a volar sus alas de bronce
y en el ocaso el Templo Dorado
se me aparece luminoso,
perfecto,
con su miel interior petrificada,
su pasiva entrega a la quietud del
agua,


empiezo a querer para mí que
vuelva
a renacer mi vida
que incontables veces el ciclo
se repita
añoro con dolor mi juventud
el triunfo en la batalla
que se inició perdida
el oro que no tendré jamás, el
amor
de cuando el amor era tan fresco
como los nevados cerezos del
Kiyomisu.


Ejércitos de ídolos del
Sanjúsangendó
alineados a la espera de mi
plegaria
condúzcanme hasta el Antiguo
Maestro
para que con su diestra
levantada
me enseñe
la resignación
y con su izquierda extendida
me haga el don del olvido.



 Juan Noel Mazzadi (Junín, 1932-1993)

En Japón.  Ediciones de la Pampa Chata.  Junín, 1996.



De los nidos de ginebra / Juan Noel Mazzadi

Foto gentileza robada: 
Blog de Griselda Garcia http://griseldagarcia.blogspot.com.ar/2012/06/juan-noel-mazzadi-de-los-nidos-de.html





   Mis mediodías son sótanos despellejados
que el sol lastima, 
los ruidos de grillos
los roces sin piedad de zapatillas, de plumas
contra los zócalos,
los aullidos horrendos de las mariposas, la centella
de un fósforo que parte mi cerebro,
los cigarrillos que empiezan su carrera,
todo está contenido en Tu mediodía, Señor

   Dios, sálvame
de esta hendida, de la caravana
de pianos de arena y de sus frases
que ya los sabios tuvieron por indescifrables,
de violas y violines que prosiguen con raspidos
un discurso insulso,
la casa sombría no es protección,
los santos me dan la espalda, Dios
que me olvidas.

   Tu rata, como sabes, vive hambrienta
en dormitorio desconocido, acurrucada 
contra el pie de una cama Sheraton
y pende de murmullos, de amenazas
refugiada en un gramo de oscuridad
con terror hacia un trayecto de centímetros.

   ¿Creen en Ti las ratas? … Quieren,
supongo vivir, frotarse el hocico con el hocico 
de sus congéneres,
durar con el estómago caliente
canturrear en la penumbra de sus festividades
hurtar carroña, soñar penetraciones,
no se sienten culpables sino ágiles
al corretear más allá de su agujero
o volver a él, muerden y matan 
lustrosas, lavadas en el placer, en el miedo,
entre el tufo de sus hijuelos, 
hembras y ancianos de la inmunda raza

  pero Hoy es Tu mediodía
y ha quedado aislada, es rata
que me da un asco indecible,
asco también ella me tiene, nos odiamos,
  va tentando el sendero de su cueva, 
ignorándola me escurro hacia otro lado, 
hacia las huchas donde guardo
la ginebra, ella
regresa a su poblado apestoso, 
yo, Señor, espero el llamado
de Tu voz,
solitario y ajeno. Tus criaturas
  
  somos iguales, no lo repitas,
pero la rata tiene una consistencia
que yo no tengo, un orgullo, una indiferencia
de déspota, come mis detritos y está entera,
yo le tengo miedo, se aproxima el final, 
te pido una mirada, complacencia
por el poeta, tiempo bonancible, una flor, 
años de sueño, 
y Tu perdón, Dios, Tu perdón.


 Juan Noel Mazzadi (Junín, 1932-1993)

En El mal. Ediciones Salido. Junín, 1981.

sábado, 21 de julio de 2012

Ser hecho a mano / Alberto Hidalgo





El aire almacenado en los textos de física y de química
cómo me satisface, me enamora.
Ese es el aire que respiro.

La luz para la memoria de los siglos en la pintura establecida
por los colores siempre insomnes,
es la luz con que veo.

El calor irradiado de los libelos y demás hogueras
resplandecientes de odio equitativo
es el calor que me circunda

Mujeres de escultura y natación,
a la existencia incorporadas de tanto presentirlas;
pueblan de júbilo mis ansias
Si alguien pudiera escamotearme el suelo debajo de los pies
mi cuerpo quedaría bien parado.
le da levitación la poesía

Si desnudo la música me viste.
si cansado los libros me transfieren.
si mudo el verso me declama

Aire luz y calor placer y suelo vestuario,
movimiento y habla,
con herramientas de ala y pétalo
me los hago a la medida de mi ser

El hombre es un acto manual



Alberto Hidalgo (Arequipa, 1897 - Buenos Aires, 1967)

En Antología personal. Poemas con esencia. CEAL. Buenos Aires, 1967.

viernes, 20 de julio de 2012

Semáforo / Alberto Hidalgo


Mejor es que los ojos como lámparas trémulas se apaguen
que los sonidos sean transparentados a donde nunca se los oiga
que no acepten el vuelo de los vocablos
que no haya casos cuando yo poeme

Pido la cesantía de las buenas costumbres del lenguaje
la defunción de la gramática
el aniquilamiento del sentido doméstico en el canto
exijo ausencias cuando yo poemo

Propugno el culto de la errata
el celeste relámpago de la equivocación
el juego mágico de malentendidos entre versistas y leyentes
para que juntos poememos en perseveración de este prodigio

El poemar repuebla al tiempo
acrecienta el espacio de perspectivas y alrededores
y en tanto que se espacia poemando
se tiempa para siempre quien poema



Alberto Hidalgo (Arequipa, 1897 - Buenos Aires, 1967)

En Antología personal. Poemas con esencia. CEAL. Buenos Aires, 1967.

lunes, 16 de abril de 2012

Pensarte, y del otro lado / Laura López Morales


Pensarte,
y del otro lado de las hojas
un oriente rojo
y una luna delgada...

Redes de arena
para no aferrarse,
para solo pararse entre las cosas
y oir el murmullo
desprevenido,
celeste,
sustancioso del viento.


Laura López Morales (Villa Dolores, 1976)


Historia del arte / Alberto Girri

Mordimos sobre cuanto existe hasta escarnecerlo, hasta la desvergüenza, una provocación a lo desconocido, un esfuerzo a menudo ...