martes, 2 de septiembre de 2014

Así como fallan las palabras cuando quieren / Fernando Pessoa


Así como fallan las palabras cuando quieren
                                            exprimir cualquier
                                            pensamiento,
Así fallan los pensamientos cuando quieren
                                           exprimir cualquier
                                           realidad,
Pero, como la realidad pensada no es la dicha sino
                                           la pensada.
Así la misma dicha realidad existe, no el ser
                                           pensada.
Así todo lo que existe, simplemente existe.
El resto es una especie de sueño que tenemos,
Una vejez que nos acompaña desde la infancia

                                          de la enfermedad.


Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935)

En Poemas inconjuntos.
Ed. Alción. Córdoba. 2011.


viernes, 1 de agosto de 2014

Laboratorio de pruebas / Alexis Comamala



salgo del laboratorio de pruebas
hoy no había nada fijo
me pierdo por el centro de la ciudad
voy decidido en los bordes
camino en vez de tomar el R2
recorro librerías de saldo y de viejo

intento reflejarme en las tapas
pero hoy no tuve suerte
estoy arrepentido de la corriente del mundo
continúo por el centro
miro de reojo las vidrieras
quisiera entrar
y comprar una mirada distinta para mis ojos

voy al margen por Deán Funes
luego Colón hasta Jujuy, de allí hacia el río
gran masa de gente terminando la jornada
necesito restablecerme

sigo hacia Alta Córdoba me espera mi madriguera
ahora si es mas cueva que antes
al lado cemento de ocho pisos se levanta
sin sol para los cactus y las paredes
un día ceniciento en las narices

llego a la esquina de Humberto Primo
de un lado, frente a frente, dialécticamente
la totalidad:
de un lado, un prostíbulo y del otro, el sanatorio Mayo
“que lindo seria morirse” -piensa un señor en el 2º piso del sanatorio-
“en una cama en terapia intensiva con esa mujer del frente,
ella subiendo al ascensor, desnudándose al frente mío
 y todo cayendo y subiendo por ultima vez”

en esta zona de la ciudad
se construye el edificio más viejo de córdoba
durante treinta años la estructura aguanto,
las paredes, escaleras y techos
estuvieron naufragando al lado del Suquia,
ahora terminado este edificio a puro vidrio
la inteligencia del planeta es confort
la vida es ciega

he llegado a este punto
puente antartida donde alguna vez dos osos polares
custodiarían cada uno de los extremos de este paso
ahora los osos no están
en la antartida argentina jamás hubo osos polares

cruzo el puente
a metros La cañada copula con el río
miro el agua correr y las garzas brujas pensando la noche
entonces me acuerdo de vos
y las miro a ellas trabajando en la oscuridad
con sus patas y picos que se hunden al paso de un pez
no tengo que contar todo, pero es necesario encontrar un modo

alguien contempla el rió a mitad del puente y recuerda:
espejo negro es el río que en las siestas
con los pibes de Pueyrredón cruzábamos por Barranca Yaco, Altos Gral. Paz, Los 40 guasos y caíamos en Yapeyú
fundábamos una isla incierta como Jerónimo Luis
al lado del cauce pescábamos con botellas
no se, no creo haber pescado algo en ese río
al viajar recorríamos los márgenes
casas de chapa casas de cañas casas de plástico casas de cartón
la fabrica de jugos San Justo y ya no se

de vuelta
por fin al cruzar la antártida necesito un desvió
entonces diagonal al noroeste
barrió Ducasse
lugar sin almas en las calles
aquí dicen que el conde leyó a su tía el primer canto del Maldoror
la tía salio espantada a la iglesia para confesarse
entonces corro, huyo
el desvió me lleva hasta avellaneda esquina castro barros
unos garitos
“allí años atrás tuve sexo con una mujer
una estufa era el hilo que separaba la realidad de su cuerpo
termine afuera,
luego ella se limpio en un fuentón
y me regalo un caballo sin montura
intente subir pero caí desde un segundo piso”

vuelvo, sigo
vi una plaza vacía
luego los bordes de las vías
el borde de la esfera,
Sarratea la subida más pronunciada del país
ahora la jornada se siente en las piernas





Alexis Comamala

Del libro Barrio ingles. Inedito.

Mira / Juan Antonio Vasco



Mira: éste es mi corazón;
yo no sé ni cuánto pesa,
ni cuánto mide, ni cuánto
valdría si lo vendiera.

¿Lo quieres administrar,
tú que entiendes más de cuentas?


Juan Antonio Vasco

En Obra poética.
Ediciones En danza

miércoles, 21 de agosto de 2013

A mi espalda / Juan Cunha


El que fui vuelve llorando, y no hay manera
De aplacar su pena sola.
El que fui viene llorando: es sólo un niño
Que no puede con la tarde.

Le diría que se vaya,
Que ya no tengo más aquellas láminas
Con paisajes, donde una luz de atardecer duraba;
Donde pasaba un ángel con un aro

Mas no tengo valor para volverme.
Él me toca en el hombro, y se detiene
Alelado: no comprende; y llora aún más.
Cómo arreglarme un rostro ya para enfrentarlo.

Y se queda. Y reincide. Y calla luego.
(La luz, final, vacila; sale la brisa; algo tiembla)
Cuando no es más que un niño desvalido
Y solo, que no puede con la tarde.

  
Juan Cunha (Sauce de Illescas,1910- Montevideo,1985)

En Carpeta de mi gestión terrestre.



jueves, 20 de junio de 2013

El cosechero / Ramón Ayala



El viejo rio que va
Cruzando el amanecer
Como un gran camalotal
Lleva la balsa en su loco vaiven
Rumbo a la cosecha cosechero yo sere
Y entre copos blancos mi esperanza cantare
Con manos curtidas dejare en el algodon
Mi corazon.
La tierra del chaco quebrachera y montaraz
Prendera en mi sangre con un ronco sapucay
Y sera en el surco mi sombrero bajo el sol
Faro de luz

Algodon que se va ... que se va ... que se va ...
Plata blanda mojada de luna y de sudor
Un ranchito borracho de sueños y amor
Quiero yo
De corrientes vengo yo
Barranquera ya se ve
Y en la costa un acordeon
Gimiendo va su lento chamame
Rumbo a la cosecha cosechero yo me ire
Y entre copos blancos mi esperanza cantare
Con manos curtidas dejare en el algodon
Mi corazon


Ramón Ayala (Garupá, 1937)

Versión de Tonolec

sábado, 29 de diciembre de 2012

Retrato del filodendro / Alfredo Veiravé




Si Monet pintó varias veces una parva de heno
en el mismo día para demostrar que la luz cambia el color de las parvas,
por qué yo no voy a escribir otro poema al filodendro
[de mi casa
si siempre los amigos que llegan lo entrevistan
y le toman fotografías y él crece orgulloso contra la
pared igual que una vedette del cine mudo
porque el orgullo es objeto de la vanidad y eso se le nota
en los días de lluvia cuando desdeña las gotas pequeñas
y sólo deja caer sobre sus hojas art nouveau o de medusa
[verde,
las gotas grandes y las más sonoras, ah, hijo, le reprocho
con Hipócrates:
la vida es corta, el arte largo, la ocasión fugitiva,
la experiencia falaz, el juicio dificultoso...
y él me sonríe y me cuenta que otra planta que no me quiere
nombrar lo ama tiernamente en el jardín de las penumbras.

Además, agrega, la felicidad consiste en saber disfrutar

lo que no se tiene, y no sé por qué enredos vegetales manifiesta ahora un poco serio: "por eso yo no me mezclo en rencillas de palacio".


Alfredo Veiravé (Gualeguay, 1928- Resistencia, 1991)

En Historia natural. Obra Poetica. Tomo 2. Nuevohacer. Grupo Editor Latinoamericano. Buenos Aires, 2002.

Mi casa es una parte del universo / Alfredo Veiravé



Los que la vieron dicen que la tierra
es una esfera en el espacio, un planeta
más bien pequeño
del tamaño del dedo pulgar de los astronautas.
Yo no lo dudo porque he visto las fotografías
y porque ahora estoy a casi medio planeta de mi casa.
Lo mejor de todo esto es que en ese pulgar
también mi casa es una parte del universo.
Cómo no serlo si en el patio del fondo
hay un filodendro de gigantes hojas y también gusanos bajo
la tierra
aptos para la pesca, y ahora que me acuerdo
el olor de los helechos contra la pared
la cara de Delfina o Federico entre los árboles
y aquel canario que se nos voló de noche.





Alfredo Veiravé (Gualeguay, 1928- Resistencia, 1991)

En Puntos luminosos. Obra Poetica. Tomo 1. Nuevohacer. Grupo Editor Latinoamericano. Buenos Aires, 2002.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Monólogo de un padre con su hijo de meses / Enrique Lihn


Nada se pierde con vivir, ensaya:
aquí tienes un cuerpo a tu medida
Lo hemos hecho en sombra
por amor a las artes de la carne
pero también en serio, pensando en tu visita
como en un nuevo juego gozoso y doloroso;
por amor a la vida, por temor a la muerte
y a la vida, por amor a la muerte
para ti o para nadie.

Eres tu cuerpo, tómalo, haznos ver que te gusta
como a nosotros este doble regalo
que te hemos hecho y que nos hemos hecho.
Cierto, tan sólo un poco
del vergonzante barro original, la angustia
y el placer en un grito de impotencia.
Ni de lejos un pájaro que se abre en la belleza
del huevo, a plena luz, ligero y jubiloso,
sólo un hombre: la fiera
vieja de nacimiento, vencida por las moscas,
babeante y resoplante.

Pero vive y verás
el monstruo que eres con benevolencia
abrir un ojo y otro así de grandes,
encasquetarse el cielo,
mirarlo todo como por adentro,
preguntarle a las cosas por sus nombres
reír con lo que ríe, llorar con lo que llora,
tiranizar a gatos y conejos.

Nada se pierde con vivir, tenemos
todo el tiempo del tiempo por delante
para ser el vacío que somos en el fondo.
Y la niñez, escucha:
no hay loco más feliz que un niño cuerdo
ni acierta el sabio como un niño loco.
Todo lo que vivimos lo vivimos
ya a los diez años más intensamente;
los deseos entonces
se dormían los unos en los otros.
Venía el sueño a cada instante, el sueño
que restablece en todo el perfecto desorden
a rescatarte de tu cuerpo y tu alma;
allí en ese castillo movedizo
eras el rey, la reina, tus secuaces,
el bufón que se ríe de sí mismo,
los pájaros, las fieras melodiosos.
Para hacer el amor allí estaba tu madre
y el amor era el beso de otro mundo en la frente,
con que se reanima a los enfermos,
una lectura a media voz, la nostalgia
de nadie y nada que nos da la música.

Pero pasan los años por los años
y he aquí que eres ya un adolescente.
Bajas del monte como Zaratustra
a luchar por el hombre contra el hombre:
grave misión que nadie te encomienda;
en tu familia inspiras desconfianza,
hablas de Dios en un tono sarcástico,
llegas a casa al otro día, muerto.
Se dice que enamoras a una vieja,
te han visto dando saltos en el aire,
prolongas tus estudios con estudios
de los que se resiente tu cabeza.
No hay alegría que te alegre tanto
como caer de golpe en la tristeza
ni dolor que te duela tan a fondo
como el placer de vivir sin objeto.
Grave edad, hay algunos que se matan
porque no pueden soportar la muerte,
quienes se entregan a una causa injusta
en su sed sanguinaria de justicia.
Los que más bajo caen son los grandes,
a los pequeños les perdemos el rumbo.
En el amor se traicionan todos,
el amor es el padre de sus vicios.
Si una mujer se enternece contigo
le exigirás te siga hasta la tumba,
que abandone en el acto a sus parientes,
que instale en otra parte su negocio.

Pero llega el momento fatalmente
en que tu juventud te da la espalda
y por primera vez su rostro inolvidable en tanto huye de ti que la persigues
a salto de ojo, inmóvil, en una silla negra.
Ha llegado el momento de hacer algo
parece que te dice todo el mundo
y tu dices que sí, con la cabeza.
En plena decadencia metafísica
caminas ahora con una libretita de direcciones en la mano,
impecablemente vestido, con la modestia de un hombre joven que se abre paso en la vida,
dispuesto a todo.
El esquema que te hiciste de las cosas hace aire y se hunde en el cielo dejándolas a todas en su sitio.
De un tiempo a esta parte te mueves entre ellas como un pez en el agua.
Vives de lo que ganas, ganas lo que mereces, mereces lo que vives;
has entrado en vereda con tu cruz a la espalda.
Hay que felicitarte:
eres, por fin, un hombre entre los hombres.

Y así llegas a viejo
como quien vuelve a su país de origen
después de un viaje interminable
corto de revivir, largo de relatar
te espera en tí la muerte, tu esqueleto
con los brazos abiertos, pero tu la rechazas
por un instante, quieres
mirarte larga y sucesivamente
en el espejo que se pone opaco.
Apoyado en lejanos transeúntes
vas y vienes de negro, al trote, conversando
contigo mismo a gritos, como un pájaro.
No hay tiempo que perder, eres el último
de tu generación en apagar el sol
y convertirte en polvo.

No hay tiempo que perder en este mundo
embellecido por su fin tan próximo.
Se te ve en todas parte dando vueltas
en torno a cualquier cosa como en éxtasis.
De tus salidas a la calle vuelves
con los bolsillos llenos de tesoros absurdos:
guijarros, florecillas.
Hasta que un día ya no puedes luchar
a muerte con la muerte y te entregas a ella,
a un sueño sin salida, más blanco cada vez,
sonriendo, sollozando como un niño de pecho.

Nada se pierde con vivir, ensaya:
aquí tienes un cuerpo a tu medida,
lo hemos hecho en la sombra
por amor a las artes de la carne
pero también en serio, pensando en tu visita
para ti o para nadie.


Enrique Lihn (Santiago, 1929-1988)

En Porque escribí. FCE. Chile, 1995.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Epílogo / Enrique Lihn






Vivimos todos en la oscuridad, separados

por franqueables murallas llenas de puertas falsas;

moneda que se gira para los gastos menudos de la

amistad o el amor nuestras conversaciones

contra lo inagotable no alcanzan a tocarlo

cuando ya se precisa renovarlas, tomar

un camino distinto para llegar a lo mismo.

Es necesario acostumbrarse a saber

vivir al día, cada cual en lo suyo,

como en el mejor de los mundos posibles.

Nuestros sueños lo prueban: estamos divididos.

Podemos simpatizar los unos con los Otros,

y eso es más que bastante: eso es todo, y difícil,

acercar nuestra historia a la de otros

podándola del exceso que somos,

distraer la atención de lo imposible para atraerla

sobre las coincidencias,

y no insistir, no insistir demasiado:

ser un buen narrador que hace su oficio

entre el bufón y el pontificador.




Enrique Lihn (Santiago, 1929-1988)

En Porque escribí. FCE. Chile, 1995.

jueves, 26 de julio de 2012

La mano extendida, la mano levantada (Kioto) / Juan Noel Mazzadi






Templos de Kioto barnizados
por inmensos engaños
los biznietos de los nietos de los
poderosos
-aquellos que pagaron las piedras
iniciales
quemaron el primer incienso
pidieron a unos dioses
tan ingenuos como ellos
vida repetida, felicidad de amor
perpetua,
oro, triunfos en la guerra-


los descendientes de aquellos
muertos
que murieron de pronto y solos
como cualquiera
esos conservan y veneran y
pintan
de rojo las espléndidas columnas
del Heián
cuidan los capiteles, las tejas,
la armonía verde de los parques
y así bajo la lluvia los Templos
crecen
vívidas gemas
altares de la imposible Eternidad.


Sin embargo
cuando el ave Hoo del Paraíso
tiende a volar sus alas de bronce
y en el ocaso el Templo Dorado
se me aparece luminoso,
perfecto,
con su miel interior petrificada,
su pasiva entrega a la quietud del
agua,


empiezo a querer para mí que
vuelva
a renacer mi vida
que incontables veces el ciclo
se repita
añoro con dolor mi juventud
el triunfo en la batalla
que se inició perdida
el oro que no tendré jamás, el
amor
de cuando el amor era tan fresco
como los nevados cerezos del
Kiyomisu.


Ejércitos de ídolos del
Sanjúsangendó
alineados a la espera de mi
plegaria
condúzcanme hasta el Antiguo
Maestro
para que con su diestra
levantada
me enseñe
la resignación
y con su izquierda extendida
me haga el don del olvido.



 Juan Noel Mazzadi (Junín, 1932-1993)

En Japón.  Ediciones de la Pampa Chata.  Junín, 1996.



Historia del arte / Alberto Girri

Mordimos sobre cuanto existe hasta escarnecerlo, hasta la desvergüenza, una provocación a lo desconocido, un esfuerzo a menudo ...