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Carlos Schilling en Ciudad X sobre mi libro Cuaderno de Juan Amauta Vol. 1

Nota de Carlos Schilling en Ciudad X sobre mi libro Cuaderno de Juan Amauta Vol. 1, en este link:
http://www.lavoz.com.ar/ciudad-equis/borrado-y-escrito



Por Carlos Schilling

Si uno se deja guiar por los aforismos de Heráclito o por los poemas de Parménides y Empédocles, puede suponer que la poesía está en los orígenes del pensamiento. Pero también es cierto que en la deriva histórica, la poesía y el pensamiento siempre mantuvieron relaciones tensas, dialécticas, cruzadas por más de un malentendido y más de una fusión gloriosa.

El hecho es que la poesía piensa, intenta pensar, y ese intento resulta incitante y peligroso. En Cuaderno de Juan Amauta, volumen 1, Alexis Comamala condensa en una serie de prosas poéticas muy breves dos tipos de luces: el relámpago de la visión y la claridad de la reflexión. En ese proceso de condensación, inventa una voz ajena –impersonal y violenta, como venida de otro idioma y de otra época– y le hace cumplir la función de un látigo o una lanza (como dice en el primer poema del libro).

Se escucha algo imperativo y urgente en esa voz, algo que conmina y recrimina y que parece buscar una verdad más terminante para la poesía: “Pretenden que la poesía sea una máquina sin respiro, una acumulación de vanguardias y de noches sin sed, un tálamo sin vientos enroscados que ya no rocen o volteen a la historia, sino un cielo despejado de emoción. Si llegas aquí, fusila a los poetas. Fusílate en la plaza más próxima, verás a la gente mirar ese pan que nadie come”.

Pensar no significa necesariamente argumentar de manera lógica sino ahondar en el sentido. Y eso es lo que hace Comamala en cada frase de este Cuaderno: quiere avanzar, hundirse en las palabras, ir hacia el fondo del lenguaje, tal vez para traer a las palabras lo que no está en las palabras o tal vez para llevar palabras a lo que carece de palabras. ¿Quién sabe?


Esa duda se hace eco en las preguntas que plantea el poema “Los medios y el fin” y que resuenan en todo el libro: “¿Cómo se escribe un poema? ¿Se mira vaciar el cielo despacio? ¿Se espera algo maravilloso?”. Y las respuestas –que exhiben la rara condición de ser provisorias y definitivas a la vez– pueden descubrirse en algunas frases de otros poemas: “No hablemos de la gloria ni del delirio, todos perecerán, ni Shakespeare ni Neruda aguantarán. Se borra y luego se escribe” o, más enfático aún: “Quien escribe destruye la lengua”.

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